Tuan

Distant places are also remote in time, lying either in the remote past or future. In non-Western societies, distant places are located in the mythical past rather than future, but since time tends to be perceived as cyclical remote past and remote future converge. In Western society, a distant place can suggest the idea of a distant past: when explorers seek the source of the Nile or the heart of a continent they appear to be moving back in time (Tuan, 1979: 390).

— Tuan, Y.-F. (1979). Space and place: humanistic perspective. In: Gale, S. & Olsson, G. (Eds.). Philosophy in geography, 387-427. Dordrecth: D. Reidel Publishing Company.

Royce

In the rightly constituted social group where every member feels his own responsability for his part of the social enterprise which is in hand, the result of the interaction of individuals is that the social group may show itself wiser than any of its individuals. In the mere crowdm on the other hand, the social group may be, and generally is, more stupid than any of its individual members (Royce, 2012: 175).

— Royce, J. (2012). Provincialism. In: De Young, R. & Princen, T. The localization reader: adapting to the coming downshift, 167-180. Cambridge: The MIT Press.

Rawls

A practice will strike the parties as fair if none feels that, by participating in it, they or any of the others are taken advantage of, or forced to give in to claims which they do not regard as legitimate (Rawls, 1958: 178).

— Rawls, J. (1958). Justice as fairness. The Philosophical Review 67(2), 164-194.

Plato

Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a decirte: hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo, sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fué su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede que si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les echan por la borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes, y sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón, y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte, si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no, no piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes cosas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos, un charlatán, un inútil por los que navegan en naves dispuestas de ese modo? (Platón, 1949: 488a-489-a).

— Platón (1949). La República, Tomo II. Madrid: Instituto de Estudios Políticos.